“NI DE COÑA PIENSO CORRER UNA MARATÓN”

Si hoy puedo celebrar el Día de la madre como madre es gracias a mis hijos y como, de momento, no existe el Día de los hijos y ellos también se lo merecen por ayudarnos a superarnos día a día; esta crónica sobre cómo me metí en el berenjenal de correr mi primera maratón va ellos.

Porque sin ellos no hubiera sido posible.

Hace un par de años, tras finalizar la media de Madrid, dije:

“Ni de coña pienso correr una maratón” 

Dos años después aquí estoy. Relatando mi experiencia como mujer maratoniana, 53 años, deportista amateur, madre de tres chicos que me llevan por “este mal camino” y vegetariana.

Lo hago con la intención de lanzarla al mar de internet por si pudiera servirle como referencia a alguna mujer que, como yo, quiera vivir esta increíble aventura porque en su día, cuando busqué referencias de mujeres de mi edad que hubieran corrido los 42k de Madrid, apenas encontré. Y también, cómo no, por el simple placer de compartir experiencias con los demás.

He de decir que no lo decidí a lo loco. Fue una decisión meditada. Mi hijo pequeño se había inscrito y lo primero que le dije fue: “Estás loco, ¿qué necesidad tienes de someter tu cuerpo a semejante estrés?”. PERO, y ahí viene ese pero que marcó el antes y el después añadí: ”De todas formas solo es cuestión de entrenar, si me pusiera a ello lo lograría”. Respuesta de mi hijo: ” Decirlo es fácil, demuestra que puedes”. Y no, no me piqué, no fue un calentón pero sí me sirvió para cuestionarme lo que tantas veces les he dicho a mis hijos: “Hablar es muy fácil pero demostrar que se puede ya es otro cantar”.

Así que me inscribí.

Con vértigo, con miedo, con ilusión, con respeto pero sobre todo sabiendo que no iba a pagar cualquier precio por conseguir mi reto. Que no tenía nada que demostrar a nadie, ni siquiera a mí misma porque mi salud vale más que una medalla o un reto conseguido.

Con mi pensamiento de “Si veo que la carga del entrenamiento es demasiado lo puedo dejar en cualquier momento” planifiqué 16 semanas de entrenamiento que la novia de mi hijo mayor, si bien no me aconsejó ni entrenar ni correr esta maratón por las posibilidades de lesión que podía suponer, no dudó en supervisar con su conocimiento y experiencia sobre el mundo del running.

El día 1 de enero comencé la cuenta atrás tras haber hecho un tiempo increíble (porque bajé mi tiempo del año anterior casi en 5 minutos) en la San Silvestre Vallecana de 44:36. Esa hazaña me dio un chute de autoconfianza brutal para comenzar.

Cuando solo llevaba 9 días entrenando, el sábado 10 de enero me abrí la cabeza patinando sobre hielo cuando una chica se cayó sobre mí y caí de espaldas en la pista de hielo. Cuatro puntos en la cabeza. “Bueno – pensé (ingenua de mí) – las piernas las tengo intactas así que el martes retomo mi entrenamiento”. No lo retomé el martes porque tenía todo el cuerpo dolorido del fuerte impacto pero sí salí el jueves tras cuatro días de no running aunque sí de walking y algo de movilidad.

Ese mismo mes me cogí un fuerte trancazo con un par de días de fiebre que combatí con paracetamol y ajustando mis salidas de running a mi estado físico pero no me frenó. Tampoco me frenó el frío ni la lluvia, ni las pocas ganas con las que a veces salía a correr. Combinaba un día de carrera fácil, otro de cuestas y series rápidas y otro de tiradas largas con dos día de fuerza y otro de yoga y movilidad.

Y llegaron las tiradas largas: 20, 22, 24, 26 y 30k buscando recorridos con muchas cuestas en la Casa de Campo preparándome para el maratón rompepiernas de Madrid, uno de los más exigentes de España donde llegar a meta y finalizarlo ya es toda una proeza.

Y…a 3 semanas de la maratón, cuando ya me tocaba disminuir la carga de kilometraje tuve una lesión por sobrecarga en el tibial anterior de la pierna derecha que me obligó a parar por completo si quería correr la maratón. Fue una prueba de fuego para mí porque lo que peor llevo es no poder cumplir con lo que me he propuesto. Pero sabía que no tenía otra opción. Mi marido, deportista por naturaleza, fue un gran apoyo para mí: “Ya verás, si haces lo que debes tienes tiempo de sobra para recuperarte y vas a llegar incluso mejor porque le vas a dar tiempo al cuerpo para recuperarse de verdad”. Así que le hice caso: dejé de correr, me daba masajes para drenar los músculos que tiraban del tibial, me ponía hielo y hacía ejercicios de fortalecimiento cuando el dolor comenzó a remitir.

Solo quería estar bien para poder correr sin provocarme una lesión mayor.

Y llegué sin dolor. La semana del maratón hice un par de test en la pista de atletismo de 15 minutos solo para probar cómo respondía el tibial y me sentí feliz. ¡Me había visto fuera de la carrera y al verme dentro de nuevo no podía estar más agradecida a la vida!

La lesión me cambió la perspectiva del maratón. Solo quería disfrutar del momento y olvidarme de los tiempo y los ritmos. Llegar a meta sin lesionarme y disfrutando de poder estar era mi único objetivo.

Llegó el día de la carrera con más ilusión que nervios y llena de agradecimiento. Durante toda esa semana me había hidratado bien a base de agua, limón, sal, bicarbonato, cúrcuma y jengibre y los dos últimos días me cargué de hidratos de carbono con pasta blanca, patata cocida, huevos escalfados, plátanos maduros, dátiles y tostadas de pan blanco con aceite, miel y queso fresco. ¡Sentía que tenía los depósitos de energía a tope!

Salí con mi hijo a un ritmo muy cómodo, íbamos incluso frenándonos porque sabíamos que lo duro estaba por llegar. A los 4km mi hijo tuvo que parar y yo seguí porque era lo que habíamos acordado: ninguno iba a condicionar la experiencia del otro. El aire era todavía fresquito, los edificios altos nos daban sombra, las calles estaban a rebosar de gente animando, chocaba manos de niños y disfrutaba de cada paso sin dolor.

Mi avituallamiento personal eran 8 dátiles grandes de rama rellenos de escamas de sal como alternativa a los geles que, ni había entrenado con ellos ni había querido hacerlo porque soy partidaria de, si puedo evitarlo, no incluir alimentos artificiales en el templo de mi cuerpo. Es posible que me equivoque pero es mi decisión. Lógicamente también el agua y los plátanos en los puntos de avituallamiento estaban dentro de mi planificación.

Y llegué a la Puerta del Sol. Ése para mí fue uno de los momentos más emotivos de la carrera. Donde se separan los caminos de los 21 y 42k. Donde hacía dos años había estado también ahí corriendo la media y pensando que nunca me vería corriendo la maratón. Y ahí estaba. Sin dolor, disfrutando.

Pero, y el que diga lo contrario miente, cuando superas la barrera de los 21, 22, 23 k, a todo corredor, por mucho que le guste correr “le sobran el resto de kilómetros”. Y a mí también, obvio. A partir de ahí el cuerpo empieza a resentirse y, en mi caso con una variz en la pierna izquierda, sabía que el dolor iba a llegar en algún momento porque ya había aparecido en las tiradas más largas. Dolor soportable pero dolor. Desde el kilómetro 23 ya camino de la Casa de Campo la pierna izquierda me gritaba en cada una de mis zancadas que parase. No le hice caso porque sabía que no era una lesión como cuando el tibial.

A la altura de Príncipe Pío me llevé una grata sorpresa: mi hijo mayor se había colado en la carrera y corrió conmigo un tramo. Eso fue otra chute de adrenalina para el cuerpo aunque fuera jodida. Después decidió ir a buscar a mi hijo menor que iba por detrás de mí y lograron darme alcance. Durante un tramo fui escoltada por ambos hasta que ellos comenzaron a tirar un poco más y yo no quise forzar el ritmo más de lo necesario debido al dolor que persistía.

Ya casi saliendo de la Casa de Campo donde tienes que enfilar una cuesta que te “cuesta la vida” donde el calor, el cansancio y la fatiga ya han hecho mella lo suficiente como para querer que ese sufrimiento acabe; vi a mi marido animándome y, de nuevo, volví a recuperar parte de mi energía.

Recuerdo también, en el puente que cruza Madrid Río, chocar la mano a una mujer joven sentada en silla de ruedas. Todavía quedaban kilómetros pero la meta estaba ya relativamente cerca. Y pensé que quizás esa mujer hubiera querido estar en mi lugar y no podía. De modo que corrí por ella. Por ella y por todos los que hubieran querido estar y no pudieron. Cada punzada de dolor la ofrecía por todas aquellas personas que, sin elegirlo como yo, convivían con el dolor a diario. Y es ahí donde la mente gana al cuerpo, porque haces de tripas corazón y te sientes una privilegiada por estar ahí, sufriendo, dolorida pero decidiendo estar. Había superado la barrera de los 30 sin muro o, como dicen los expertos, sin que el “tío del mazo” hubiera hecho acto de presencia.

Los últimos kilómetros que, se supone, son los peores porque son cuesta arriba no me resultaron tan horribles porque, de alguna forma, los tenía asumidos. Cuando asumes que vas a transitar un camino lo recorres de manera diferente. Los acepté sin más y, a pocos metros de la meta cuando ya había visto a mucha gente caminar incluso antes de entrar en la Casa de Campo, a un par de jóvenes tumbados en el suelo siendo asistidos, escuchar el sonido de ambulancias saliendo al rescate de personas con golpes de calor o agotamiento…reuní las pocas fuerzas que me quedaban y aceleré el ritmo dando todo lo que me quedaba y lanzando un beso al cielo justo al cruzar la meta para los que, sin estar, siguen estando.

Admito que ya en la Casa de Campo pensé que iba a poner el tik verde en mi lista de objetivos cumplidos y que “ni loca iba a verme en otra como ésta”. Mi hijo pequeños al verme llegar tres minutos después que él me dijo: “Eres un crack mamá, no sé cómo has podido seguir tú sola, sin apoyo moral”. Él había corrido con su hermano casi hasta el final: le acercaba agua, iba a buscarle geles y sobre todo, le animaba a seguir. Yo no tuve ese apoyo extra pero tuve mi propio discurso, me tuve a mí y eso hizo que, concluir la maratón en 4 horas 26 minutos, fuera si cabe, mucho más satisfactorio.

Hoy, con ampollas en los dedos de los pies, con algo de inflamación en el músculo externo que sujeta la rodilla izquierda, escribo esta crónica para no olvidarme de esta experiencia y de que “se puede”.

Mi próxima meta es la carrera de la mujer el próximo domingo, justo dos semanas después de la maratón. Siempre ha sido una carrera con una carga más emocional que física pero nunca he dejado de querer superar mi tiempo para dar lo mejor de mí. Este año sé que va a ser distinto porque mis piernas todavía no están preparadas para una carrera de velocidad. Podría llevarme a una lesión que ni la busco ni la quiero.

Y después…Dios dirá porque yo “ya no digo ná” como decía mi abuela.

Dije que nunca correría una maratón y la he corrido.

Durante la maratón y al finalizarla dije que no repetiría.

Hoy digo que lo bueno de la vida es que todo está en continuo cambio y que somos libres de poder cambiar de opinión según el momento.

Si has llegado hasta aquí leyendo esta crónica y eres de los que no crees en los milagros de la vida, te animo a proponerte un reto (por pequeño que sea) y a poner todo de tu parte para conseguirlo disfrutando del proceso. A eso se le llama tener una experiencia autotélica (*) 😊

¡Ánimo a todos con los retos que nos dan la vida!